Cada día, miles de automóviles, motocicletas, camiones, bicicletas y peatones comparten las calles y carreteras mexicanas. Para la mayoría, el viaje termina normalmente en casa, en el trabajo o en la escuela. Para otros, una distracción de apenas unos segundos, conducir demasiado rápido o una mala decisión puede cambiar completamente la historia.

Los accidentes de tránsito continúan representando uno de los grandes problemas de seguridad vial y salud pública en México. Los datos del Secretariado Técnico del Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes muestran que durante 2024 ocurrieron 388,720 siniestros viales, dejando 92,780 personas lesionadas y 16,646 fallecidas en el país. Esto equivale a aproximadamente 45 muertes diarias como consecuencia de hechos relacionados con el tránsito.

Por su parte, INEGI registró durante 2024 un promedio de aproximadamente 1,027 accidentes diarios solamente en zonas urbanas y suburbanas, recordando además que su estadística ATUS recopila los accidentes registrados por autoridades estatales y municipales en vías no federales.

Son cifras suficientemente grandes para demostrar que el problema va mucho más allá de los choques que vemos ocasionalmente junto a una avenida. Estamos hablando de cientos de miles de hechos viales cada año y de miles de familias que terminan enfrentándose a lesiones permanentes, pérdida de ingresos o la muerte de uno de sus integrantes.

Más de 16,000 personas mueren cada año

El dato más duro está naturalmente en las muertes. STCONAPRA registró 16,646 fallecimientos por siniestros viales durante 2024. Un año antes, México había registrado 16,772 muertes, con una tasa estimada de 12.8 fallecimientos por cada 100,000 habitantes. La Secretaría de Salud advierte además que las muertes de tránsito siguen afectando de manera desproporcionada a personas jóvenes, especialmente dentro de contextos urbanos y periurbanos.

Estas cifras representan algo más que estadísticas. Una persona joven que muere a los 20 o 25 años en un accidente pierde potencialmente décadas de vida productiva. Para su familia puede significar pérdida económica, gastos médicos, rehabilitación y consecuencias emocionales que permanecen durante años.

Por eso las autoridades mexicanas están intentando abordar la seguridad vial como un problema de salud pública y no únicamente como una cuestión de tránsito o aplicación de multas.

Los motociclistas se están convirtiendo en uno de los grupos más afectados

Uno de los datos más preocupantes de los últimos años aparece entre quienes utilizan motocicletas. Durante 2024 murieron 3,403 motociclistas, equivalentes al 20.4% de todas las muertes viales registradas por STCONAPRA. La cifra aumentó aproximadamente 8.2% frente al año anterior.

Este crecimiento coincide con la enorme expansión del mercado de motocicletas en México. Como hemos visto en otros análisis, millones de mexicanos utilizan motos pequeñas para trabajar, estudiar, realizar entregas o simplemente evitar los elevados costos asociados con tener un automóvil.

El problema aparece cuando el crecimiento del parque de motocicletas ocurre más rápido que el desarrollo de infraestructura segura, capacitación y cumplimiento de normas. La Secretaría de Salud ha señalado precisamente que el aumento en el uso de motocicletas no ha sido acompañado en la misma magnitud por infraestructura adecuada, fiscalización efectiva y utilización de cascos certificados.

Además, una motocicleta ofrece muy poca protección física. En un automóvil encontramos cinturón de seguridad, airbags y una estructura diseñada para absorber impactos. Sobre una moto, gran parte de esa protección simplemente no existe.

Los peatones continúan pagando un precio enorme

Los peatones también representan uno de los grupos más vulnerables. Durante 2024 murieron 2,823 peatones, equivalentes al 17% de todas las defunciones viales registradas por STCONAPRA.

El atropellamiento resulta especialmente grave porque la persona recibe directamente la energía producida por un vehículo que puede pesar más de una tonelada. La velocidad cambia radicalmente las posibilidades de supervivencia.

Una calle urbana donde los vehículos circulan demasiado rápido puede convertirse en una amenaza incluso cuando existen pasos peatonales. A esto se suman cruces mal iluminados, aceras incompletas, largas distancias entre semáforos y conductores distraídos.

En Ciudad de México, por ejemplo, los motociclistas y peatones representaron conjuntamente una proporción enorme de las víctimas durante 2024. En el cuarto trimestre, 39.6% de las personas fallecidas en el sitio del accidente eran motociclistas y 35.7% peatones.

La velocidad continúa siendo uno de los mayores enemigos

Uno de los datos más preocupantes publicados por STCONAPRA es que dos de cada tres conductores, aproximadamente 66%, no respetan los límites de velocidad. La Secretaría de Salud identifica precisamente el exceso de velocidad como uno de los principales factores detrás de los siniestros viales.

Conducir más rápido no solamente aumenta la posibilidad de perder el control. También reduce el tiempo disponible para reaccionar y aumenta considerablemente la energía liberada cuando ocurre un impacto.

Un automóvil que circula lentamente puede detenerse ante un peatón inesperado o un vehículo que frena delante. A medida que aumenta la velocidad, la distancia necesaria para detenerse también aumenta y el conductor tiene menos segundos para interpretar la situación.

Además, dentro de México existen muchas vialidades urbanas diseñadas físicamente como grandes corredores rápidos aunque atraviesen zonas residenciales, escuelas o comercios.

La Ley General de Movilidad y Seguridad Vial establece límites especialmente bajos en zonas sensibles como escuelas, hospitales y albergues, pero la aplicación efectiva continúa siendo uno de los grandes desafíos.

El teléfono se ha convertido en otro enemigo silencioso

La distracción también representa una amenaza enorme. Según STCONAPRA, 36.2% de los conductores involucrados en un siniestro vial tuvieron como distractor el uso de un dispositivo móvil mientras manejaban.

Este comportamiento puede parecer menos peligroso que conducir a alta velocidad o bajo los efectos del alcohol, pero basta mirar una pantalla durante pocos segundos para recorrer una distancia considerable sin observar correctamente la carretera.

A 80 kilómetros por hora, un automóvil recorre más de 22 metros cada segundo.

Mirar el teléfono durante cuatro segundos significa recorrer cerca de 90 metros con atención reducida.

Durante ese tiempo puede aparecer un peatón, un automóvil puede detenerse o cambiar de carril, un motociclista puede entrar en nuestro punto ciego o el semáforo puede cambiar.

El problema tampoco se limita a escribir mensajes. Buscar una canción, leer una notificación, seleccionar una dirección en el GPS o incluso sostener una conversación intensa puede reducir nuestra capacidad para detectar peligros.

Los hombres representan la enorme mayoría de las muertes

Los datos nacionales muestran también una enorme diferencia por sexo. Durante 2024, aproximadamente 81% de las personas fallecidas en siniestros viales fueron hombres, mientras las mujeres representaron alrededor del 18.9%.

Esta diferencia aparece también en numerosos países y suele relacionarse con una combinación de mayor exposición al tránsito, conducción profesional, uso de motocicletas y comportamientos de mayor riesgo.

Esto no significa naturalmente que todos los hombres conduzcan de manera peligrosa. Las estadísticas describen un patrón colectivo y no el comportamiento individual de cada conductor.

Pero una diferencia superior a cuatro veces demuestra que existe un grupo especialmente afectado donde las campañas de prevención pueden tener un impacto importante.

Casi 93,000 personas terminaron lesionadas

La mortalidad representa solamente la parte más visible del problema. Durante 2024 también se registraron 92,780 personas lesionadas en siniestros viales.

Muchas de estas lesiones pueden implicar meses o años de recuperación.

Fracturas.

Traumatismos craneales.

Lesiones de columna.

Pérdida de movilidad.

Cirugías.

Rehabilitación.

Un sobreviviente puede quedar con consecuencias permanentes que afecten su capacidad para trabajar o llevar una vida independiente.

Por eso medir solamente la cantidad de fallecidos subestima enormemente el costo humano de los accidentes.

Los accidentes también tienen un enorme impacto económico

Cada accidente genera gastos.

Ambulancias.

Hospitalización.

Policía.

Bomberos.

Reparación de vehículos.

Seguros.

Infraestructura dañada.

Días laborales perdidos.

Rehabilitación.

Y, en los casos más graves, pérdida de productividad durante décadas.

Una persona lesionada puede permanecer meses sin trabajar. Si se trata del principal proveedor económico de una familia, las consecuencias terminan afectando a varias personas.

Además, cientos de miles de choques producen únicamente daños materiales, pero esos daños también tienen un costo colectivo importante para aseguradoras, empresas y propietarios.

La motocicleta económica tiene un costo de seguridad que no podemos ignorar

El enorme crecimiento del uso de motos merece atención especial. En México, una motocicleta pequeña puede costar una fracción de lo que vale un automóvil y consumir muchísimo menos combustible. Para repartidores y trabajadores independientes puede incluso convertirse en una herramienta indispensable para generar ingresos.

Pero esa ventaja económica viene acompañada de un riesgo físico mayor.

Cuando ocurre una caída o choque, el cuerpo del motociclista puede impactar directamente contra el pavimento, otro vehículo o un objeto fijo.

Un casco certificado puede reducir las consecuencias de determinados impactos, pero no elimina el riesgo.

Por eso la seguridad del motociclista debe comenzar antes del accidente: entrenamiento adecuado, velocidad responsable, visibilidad, luces funcionando correctamente y equipo de protección.

El casco no debería ser simplemente un requisito legal

Todavía es posible observar motociclistas circulando sin protección adecuada o utilizando cascos que ofrecen poca resistencia frente a un impacto severo.

Un casco certificado no evita el accidente.

Pero puede representar la diferencia entre sufrir una lesión y perder la vida.

Guantes, chaqueta, pantalones resistentes y calzado adecuado también pueden reducir considerablemente lesiones durante una caída.

Sin embargo, para miles de trabajadores que utilizan una moto durante ocho o diez horas diarias, comprar equipo de calidad puede representar un gasto importante. Este es precisamente uno de los desafíos señalados por las autoridades cuando hablan de mejorar la seguridad de quienes dependen de la motocicleta para trabajar.

La infraestructura también puede provocar que un error termine mal

Existe una tendencia histórica de responsabilizar completamente al conductor después de un accidente.

Pero la Secretaría de Salud está adoptando cada vez más el concepto de Sistema Seguro, que reconoce que las personas inevitablemente cometerán errores y que las carreteras deberían diseñarse para evitar que esos errores terminen causando lesiones graves o muertes.

Una curva puede estar mal señalizada.

Un cruce puede tener visibilidad insuficiente.

Una avenida puede permitir velocidades demasiado altas.

Una parada de transporte público puede obligar a cruzar seis carriles.

Una ciclovía puede desaparecer precisamente en una intersección complicada.

Cuando la infraestructura deja poco margen para equivocarse, un pequeño error humano puede convertirse inmediatamente en una tragedia.

No todos los accidentes registrados significan lo mismo

Existe además una diferencia importante entre las estadísticas de INEGI y las cifras de mortalidad y lesiones de salud.

ATUS registra los accidentes ocurridos en zonas urbanas y suburbanas no federales reportados por las dependencias de seguridad pública y vialidad estatales o municipales. Por eso sus cifras no representan necesariamente cada accidente ocurrido en todas las carreteras mexicanas.

STCONAPRA, en cambio, utiliza diferentes fuentes para analizar mortalidad y lesiones asociadas con siniestros viales.

Esta diferencia metodológica es importante porque explica por qué distintas instituciones pueden publicar números diferentes sin que necesariamente exista una contradicción.

Cada base mide una parte distinta del problema.